Y en esa vida resulta que se muere gente, algo que mucho no me afecta. Sólo me angustia que se muera la gente que quiero y la gente que quiere la gente que quiero y Sandro. Los demás, me resultan ajenos.
Hay un sólo motivo por el cual desearía que nunca jamás se muera nadie y mucho menos un famoso: estaba yo hecha un pretzel, una pata apoyada en la barra, formando un cuatro, rotando a la derecha, pensando, ya pasaron 35 minutos de clase, ya está, zafamos, y de repente, el gordito que está sudando la gota gorda lo menciona.
Mierda. 25 minutos de lugares comunes, chistes obvios y panegíricos de MJ. El gimnasio debería ser como la biblioteca, tener una regla de silencio. Yo quiero concentrarme en sentir como el glúteo medio se estira fibra a fibra, no charlar cual verdulería de barrio. Que se callen, que se callen, voy levantando temperatura interna, pienso los mataría, agarraría esa pesita de 2 kg y la emprendería a golpes contra el mundo.
Y de repente me doy cuenta, si hiciera eso, saldría en los diarios, sería La Loquita del Gimnasio y, al día siguiente, en todas las clases de stretching, bodypump, taebo, yoga para embarazadas, spinning y demás, se hablaría de mí. Así que mejor no.