Ayer volví a casa después de 36 horas de ausencia. Directo a la cama.
Hoy, me levanté en gran plan ordenar limpiar tirar soy un robot sin sentimientos tiro todo lo que encuentro.
Ajá, sí, hasta que me encontré con que la bolsa de basura que había quedado sin tirar del jueves? viernes? había dado a luz muchos gusanos.
Ahora bien, no me impresiono fácilemente pero un gusano, ay, me puede desmayar. Me tuve que ir a poner zapatillas con medias, a ver si se me subían por la ojota.
A. me dice, barrelos, yo, no puedo. Después de un par de gritos histéricos (míos) y otros de reproche, acompañados de mirada ad hoc (de él), A. parte a hacer unas cosas con mi viejo y me deja sola al mando de la situación gusanil.
Y pude. Los barrí, los exterminé, levanté con mis propios dedos unas baldosas debajo de las cuales se había juntado humedad y había colonias enteras de los bichos. Limpié todo y no me morí del susto. Corrí muebles, electrodomésticos, basura, alambres, hasta exterminar al último maldito gusano.
Y me quedé pensando que algo mejoré con los años. Antes, en un tiempo difuso que no le pongamos fechas, hubiera dejado todo como estaba, mi asco más fuerte que el horror de saber que los bichos están ahí. O esperado que alguien se hiciera cargo por mí. O me mudaba, directamente. La mente humana es algo muy ridículo, años de evolución para dejarse dominar por organismos menos complejos.
Bueno, triunfé, estoy contenta. Ya no recibiré miradas como las de hace un rato.
Ahora queda por verse quién baja la basura a la noche, eso sí.
