El fin de semana estaba un poco atacada, atacadísima, a decir verdad. Después decidí que las cosas sólo se pueden hacer
paso a paso y que hay que ordenar lo que se puede ordenar, nada de abarcar sin apretar, si lo abarco, lo ahorco.
Así que pusimos todos los muebles de la cocina (menos el que todavía ni encargamos) donde van, colocamos el freezer y ordené los platos.

Estos platos eran de mis abuelos, los de la panadería de Lanús. Hay días que no me gustan, es que yo tengo el bagaje de la Fadu-Uba, donde si el plato no es blanco (y mejor si es de porcelana Olmos, porque todo lo uruguayo es mejor, según los arquitectos argentinos, por eso les gusta veranear en ranchos sin luz ni agua y escuchan a Drexler) es pecado tenerlo en casa.

Me había olvidado de todas las pelotudeces snob que cunden en la Fadu, aguanten mis platos cursis y hechos torta y con florcitas.

Tengo platos playos, platos hondos, plato (en singular, tengo 1) de postre, compotera (1), tazas de té con su platito, tetera, sopera... Un juego todo un poco hecho destruido pero al final, me parece lindo.
Por eso, nunca seré una buena arquitecta.
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Ah, la bolsa de hacer las compras mata mil, me olvido de llevarla 9 de cada 10 veces que bajo al chino pero me encanta ir con la bolsa, odio la multiplicación de nylon blanco por toda la casa!